miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pluriempleo


En estos tiempos de desesperación laboral, yo tengo dos trabajos.
Por la mañana para los que ganaron la guerra y por la tarde para los que la perdieron. Mis mañanas están llenas de dones y doñas, collares de perlas y problemas con el servicio.
Mis tardes son de falta de crédito, descuentos de pagarés y convenio laboral.
Los dolores domésticos que veo en las mañanas son solventados con los mejores médicos y atemperados con masajes y rehabilitación con ondas electromagnéticas.
En las tardes hay un trabajador al que no le reconocen su enfermedad y va al tajo aunque todo el mundo sabe que no se tiene en pie.
En pocas horas paso de un puesto poco cualificado pero con un generoso salario a ser jefe de departamento con dos personas a mi cargo a precio de ganga. A cambio en las mañanas podría manejar mis asuntos, incluyendo mi manicura, sin que mi trabajo se resintiera lo más mínimo mientras que en las tardes no me sobra un minuto.
También tengo dos jefes. Y los aprecio, cada uno a su manera. A través de sus gestos más mínimos me cuentan largas horas al piano y colegios de beneficencia, palacetes representativos que eran el hogar al que volver en las tardes de chocolate con churros y la emigración tras la muerte del padre cuando no se tiene edad para recordar, el trauma por la muerte de sus respectivas madres. Vidas tan diferentes que sólo parecen confluir en que ambos pagan mi nómina a fin de mes.
Al mediodía salgo aburrida,
por la tarde con la cabeza alta.